Argumentation und begründete Erklärung des Ursprungs des Werkes:
Hay en esta obra una suspensión del tiempo que no se impone, sino que se deja habitar. “Entre fascinante y majestuosa I y II” no se limitan a mostrar un paisaje, sino que lo traducen a un estado emocional donde la percepción se dilata y la mirada aprende a detenerse. La aparente serenidad que emana no es ingenua ni superficial; es el resultado de una depuración consciente, de una renuncia al ruido para encontrar en la materia misma del entorno una forma de equilibrio. La superficie, rica en texturas y capas, parece haber sedimentado instantes, como si cada estrato contuviera una memoria distinta del mismo lugar. En esa acumulación controlada, el gesto no irrumpe, sino que acompaña, dejando que la imagen respire sin imponerse a ella.
La dualidad entre ambas piezas introduce una variación sutil pero decisiva: no se trata de dos paisajes diferentes, sino de dos estados de conciencia sobre un mismo espacio. La luz —o más bien su interpretación— actúa como catalizador de esa diferencia, modulando la atmósfera y desplazando la carga emocional de la escena. Así, lo que en una versión puede sugerir calidez y recogimiento, en la otra se abre hacia una claridad más expansiva, casi contemplativa. Este juego no busca el contraste evidente, sino una transición íntima, como si el paisaje fuese un organismo vivo que se adapta al pulso del tiempo.
Dentro de la serie “Quietud y Flema”, estas obras funcionan como un refugio frente a la aceleración contemporánea. No pretenden evadir la realidad, sino reconciliarse con ella desde una posición de aceptación lúcida. La fascinación a la que alude el título no es deslumbramiento, sino reconocimiento; y lo majestuoso no reside en la grandilocuencia, sino en la capacidad de lo natural para sostener una belleza que no necesita justificarse. En este sentido, la obra se convierte también en una forma de alabanza: una reivindicación silenciosa de la naturaleza como origen, como medida y como destino.
Los paisajes aquí sugeridos no son meros escenarios, sino territorios de plenitud donde la mirada humana encuentra, quizás sin saberlo, una forma de regreso. Hay en ellos algo profundamente idílico, no por su perfección, sino por su capacidad de acoger, de equilibrar, de existir al margen de la urgencia y la interferencia. La naturaleza aparece así como un orden superior que no se impone, pero que todo lo contiene; como una majestuosidad serena que no necesita proclamarse para ser percibida.
En última instancia, estas piezas invitan a una experiencia pausada, casi meditativa, donde la contemplación se convierte en un acto de resistencia. Frente a la saturación visual y emocional del entorno actual, proponen una forma de mirar que no consume, sino que asimila. Y es precisamente en esa actitud —contenida, reflexiva, agradecida— donde la obra encuentra su verdadero sentido: no en lo que muestra, sino en lo que permite sentir.
“Quietud y Flema” es parte del título de una serie secuencial de obras que son una pretendida apuesta por romper con el global de la obra de este autor, en su conjunto dinámica, incesante y de una agitación extrema, tal y como no podía ser de otra manera tratándose de un fiel reflejo del imperante modo de vida en el que se desenvuelve. Un remanso de paz en el que parece reconciliarse con el resto de la humanidad."