Argumentation und begründete Erklärung des Ursprungs des Werkes:
Cuando pensamos en la evolución solemos imaginar un camino ascendente cuyo destino inevitable culmina en la inteligencia humana. Nos observamos a nosotros mismos y tendemos a creer que el universo llevaba millones de años avanzando hacia este instante, como si el pensamiento consciente fuera la meta final de la vida. Pero ¿y si esa idea fuera únicamente una ilusión creada por nuestra propia condición de seres inteligentes?
La naturaleza ofrece ejemplos que invitan a desconfiar de esa conclusión. Bacterias, microorganismos, insectos y organismos extremadamente simples han sobrevivido durante cientos de millones e incluso miles de millones de años con una eficacia extraordinaria. Muchos de ellos han resistido cambios climáticos, extinciones masivas y transformaciones geológicas que habrían resultado letales para organismos mucho más complejos. Si el éxito evolutivo se midiera únicamente por la permanencia, quizá la inteligencia no ocuparía el primer lugar. Entonces surge una pregunta inevitable. ¿Para qué apareció?
La respuesta habitual afirma que la inteligencia mejora las posibilidades de supervivencia. Sin embargo, esa afirmación también merece ser examinada. La inteligencia permitió fabricar herramientas, desarrollar el lenguaje, crear sociedades y transformar el entorno. Pero esa misma inteligencia hizo posible las guerras, las armas, la ansiedad, la angustia existencial y la capacidad de destruir el planeta que la produjo. Por tanto, la inteligencia no parece ser un beneficio absoluto. Es, más bien, una facultad capaz de multiplicar tanto las soluciones como los problemas.
Quizá el error consista en pensar que la evolución pretendía fabricar seres inteligentes. La evolución no persigue objetivos conocidos, simplemente permanecen aquellos procesos capaces de continuar. Tal vez la inteligencia nunca fue el fin, tal vez fue únicamente un medio, pero, si es un medio, ¿al servicio de qué?
Existe un elemento que atraviesa toda la historia de la vida sin interrupción: la información. El ADN conserva información, las células intercambian información, los sistemas nerviosos procesan información, el lenguaje transmite información, la escritura almacena información, la ciencia organiza información, la tecnología amplifica información. Observado desde esa perspectiva, el protagonista de la evolución deja de ser el organismo y comienza a ser la capacidad creciente para conservar, transformar y transmitir información.
El ser humano podría no representar el destino de ese proceso, sino una de sus etapas. No sería el final del camino, sería uno de sus vehículos. Sin embargo, esta hipótesis conduce a otra aún más inquietante. Si nosotros somos únicamente un medio, nuestra permanencia quizá no constituya una prioridad para la propia evolución.
La historia demuestra que ninguna especie permanece para siempre, las especies aparecen y desaparecen, la información sin embargo continúa encontrando nuevos soportes. Quizá el verdadero proceso evolutivo no consista en fabricar organismos cada vez más complejos, sino sistemas cada vez más eficaces para conservar y transformar conocimiento.
Pero la inteligencia introduce un fenómeno inesperado, no se limita a transmitir información, empieza a preguntarse por ella y en ese instante nace algo completamente nuevo, la pregunta.
Curiosamente, cuanto mayor es nuestra comprensión del universo, mayor parece ser el número de incógnitas que descubrimos. La historia de la ciencia constituye un ejemplo constante de este fenómeno, cada respuesta importante ha terminado generando nuevas preguntas y lejos de acercarnos a un conocimiento definitivo, el progreso parece ampliar continuamente el horizonte de lo desconocido. Quizá la inteligencia no funcione como una llave destinada a abrir la última puerta del conocimiento, quizá funcione como un instrumento que aumenta la resolución con la que contemplamos el misterio.
Lo que ayer parecía sencillo hoy revela niveles insospechados de complejidad y esa complejidad genera nuevas preguntas, resulta ser como una espiral y tal vez esa espiral no sea exclusiva del pensamiento humano, quizá constituya un patrón mucho más profundo.
La evolución crea sistemas cada vez más complejos, esos sistemas producen relaciones cada vez más complejas, las nuevas relaciones generan preguntas imposibles de formular en etapas anteriores, cada nivel contiene al anterior, pero añade nuevas dimensiones que impiden regresar a la simplicidad inicial. En ese sentido, la inteligencia no resolvería el misterio del universo, formaría parte de él y entonces la pregunta inicial cambia completamente de significado.
Ya no se trata de averiguar si la inteligencia representa el punto culminante de la evolución, la cuestión verdaderamente importante es otra ¿Y si la inteligencia fuera simplemente el momento en que la evolución comenzó a observarse a sí misma? Quizá nunca fuimos el destino del universo, quizá solo fuimos el instante en que el universo adquirió la capacidad de hacerse preguntas sobre su propia existencia y si eso fuera cierto, la grandeza de la inteligencia no residiría en ofrecer respuestas definitivas, sino en haber convertido el misterio en el motor de su propia evolución.
“Los valores bajo los que se sustenta nuestra sociedad nacen del materialismo puro. El pragmatismo y los intereses materiales son la única y fundamental ambición en torno a lo cual todo gira. Las imperfecciones en el comportamiento y las pautas del ser humano son la consecuencia extrema de asociar hedonismo y materialismo y esto es lo que analiza esta serie de obras.”