Argumentation und begründete Erklärung des Ursprungs des Werkes:
Algunos privilegiados conocieron un tiempo en que una palabra bastaba. Un compromiso no necesitaba una firma, un contrato o una cláusula interminable. Bastaba un apretón de manos para sellar un acuerdo porque el verdadero documento no era el papel, sino la reputación de quien lo pronunciaba. La confianza era el soporte invisible sobre el que descansaban las relaciones humanas.
Con el paso del tiempo aquello dejó de ser suficiente. La palabra comenzó a necesitar testigos. Después llegaron las leyes, los reglamentos, las normas, los protocolos, los contratos, los códigos de conducta, los manuales de buenas prácticas y, finalmente, los códigos deontológicos. Cada nueva estructura nacía con la promesa de corregir aquello que la anterior no había conseguido resolver.
La historia de la civilización puede leerse también como la historia de una permanente búsqueda por domesticar la naturaleza humana. Sin embargo, cada nueva norma plantea una pregunta incómoda: si necesitamos escribir cada vez más reglas para comportarnos correctamente, ¿estamos realmente avanzando o simplemente documentando nuestra incapacidad para hacerlo por convicción propia?
Las leyes pueden castigar una acción, pero no pueden fabricar una conciencia. Los reglamentos pueden ordenar una institución, pero difícilmente pueden sembrar honestidad en quien ha decidido prescindir de ella. Los códigos éticos pueden definir lo correcto, pero nunca garantizar que alguien lo practique cuando nadie le observa.
Existe una paradoja silenciosa que acompaña a todas las sociedades modernas. Cuanto más sofisticados son nuestros mecanismos de control, más parece crecer la necesidad de seguir inventando otros nuevos. Como si cada generación añadiera un nuevo candado sin haber encontrado todavía la llave.
Quizá el problema nunca haya sido la ausencia de normas. Tal vez el verdadero conflicto resida en la distancia que existe entre conocer el bien y decidir practicarlo. Porque ninguna legislación ha conseguido eliminar la mentira. Ningún reglamento ha extinguido la codicia. Ningún protocolo ha hecho desaparecer el abuso de poder. La creatividad humana parece ser tan fértil para construir principios como para encontrar excepciones que los eludan.
Entonces surge una cuestión inevitable. ¿Cuántos sistemas más inventaremos para intentar corregir los defectos histriónicos del ser humano? ¿Será necesario redactar un reglamento para cada nueva forma de engañar, de manipular o de eludir responsabilidades? ¿Llegará un momento en que la vida quede completamente rodeada por manuales de comportamiento mientras la conciencia continúa siendo la gran asignatura pendiente?
Quizá la evolución de una sociedad no deba medirse por el número de normas que produce, sino por el número de ellas que ya no necesita escribir. Porque la auténtica ética nunca nace del miedo a una sanción, sino de la convicción íntima de que hacer lo correcto no depende de que exista una ley que lo exija.
Cuando una sociedad necesita convertir en obligación todo aquello que antes nacía de la dignidad, conviene preguntarse si el progreso consiste en añadir nuevas páginas a nuestros códigos... o en recuperar aquello que hizo innecesarias las primeras.
“Los valores bajo los que se sustenta nuestra sociedad nacen del materialismo puro. El pragmatismo y los intereses materiales son la única y fundamental ambición en torno a lo cual todo gira. Las imperfecciones en el comportamiento y las pautas del ser humano son la consecuencia extrema de asociar hedonismo y materialismo y esto es lo que analiza esta serie de obras.”