Argumentation und begründete Erklärung des Ursprungs des Werkes:
Existe una extraña contradicción en la forma en que valoramos las cosas. Admiramos la creatividad, celebramos la innovación y repetimos constantemente que las ideas mueven el mundo. Sin embargo, cuando llega el momento de asignar valor económico, solemos recompensar mucho más a quien explota una idea que a quien la concibió.
El mercado moderno parece haber desarrollado una habilidad extraordinaria para apropiarse de la creatividad sin reconocer plenamente su origen. Una persona dedica años a investigar, diseñar, probar y fracasar hasta encontrar una solución nueva. Después aparece alguien con mayor capacidad de producción, distribución o financiación y convierte esa misma idea en un producto masivo. El beneficio suele concentrarse en quien comercializa la innovación, no necesariamente en quien la creó.
Lo observamos constantemente. Diseñadores que ven reproducidos sus trabajos por grandes fabricantes. Artistas cuya estética es absorbida por la industria. Pequeños emprendedores que desarrollan conceptos originales para descubrir poco después versiones industriales ocupando escaparates y mercados enteros.
La explicación suele justificarse mediante las reglas de la competencia. Sin embargo, existe una diferencia evidente entre competir y depender de la creatividad ajena para construir un negocio. Toda copia necesita un original. Toda adaptación necesita una idea previa. Toda explotación comercial parte de una innovación que alguien tuvo que imaginar primero.
Resulta llamativo que el mercado otorgue un valor tan alto a la fabricación y tan bajo a la concepción. Se paga por la materia prima, por la logística, por la distribución o por la impresión. Pero con frecuencia se discute el precio de aquello que hizo posible todo lo demás: la idea.
Quizá esto ocurra porque la creatividad deja de percibirse una vez que existe. Cuando una solución se vuelve visible parece evidente. Lo que desaparece es el largo proceso de incertidumbre, aprendizaje y riesgo que permitió que esa idea apareciera por primera vez.
El verdadero patrimonio de una sociedad no son los objetos que produce, sino las ideas que los hacen posibles. Sin creatividad no existirían mercados que explotar, productos que fabricar ni marcas que vender. Sin embargo, seguimos actuando como si la imaginación fuese un recurso infinito y gratuito.
Tal vez por eso el éxito de la imitación resulta tan frecuente. No porque la copia sea superior a la creación, sino porque el mercado ha aprendido a monetizar mejor las consecuencias de una idea que el acto de imaginarla.
“Los valores bajo los que se sustenta nuestra sociedad nacen del materialismo puro. El pragmatismo y los intereses materiales son la única y fundamental ambición en torno a lo cual todo gira. Las imperfecciones en el comportamiento y las pautas del ser humano son la consecuencia extrema de asociar hedonismo y materialismo y esto es lo que analiza esta serie de obras.”