Argumentation et fondement raisonné de l'origine de l'œuvre :
La obra de Francisco de Goya, así como la de Diego de Velázquez o Pedro Pablo Rubens, no era para el joven artista una referencia lejana ni académica, sino una presencia constante y viva. Eran nombres que no necesitaban presentación: maestros de primera magnitud cuya grandeza trasciende el tiempo y continúa interpelando la sensibilidad de cualquier observador atento. Su genio no residía únicamente en la destreza técnica, sino en la capacidad de capturar la condición humana, la luz, el gesto y la escena con una intensidad que aún hoy resulta conmovedora.
Durante su juventud, el acceso frecuente a las salas del Museo del Prado de Madrid —facilitado por su carné de estudiante— convirtió aquellas visitas en algo más que un ejercicio cultural: fueron auténticas lecciones silenciosas. Frente a aquellas obras comprendió que la pintura no era solo representación, sino interpretación; no era copia del mundo, sino mirada sobre el mundo. En especial, las escenas populares de Goya, cargadas de humanidad y sutileza, dejaron una huella profunda en su formación visual.
Pero el contacto con estos maestros no se limitaba al museo. En el negocio familiar, dedicado a la venta de artículos de bellas artes y material de papelería, las reproducciones de grandes obras pictóricas ocupaban un lugar destacado. Aquellas láminas, aparentemente humildes en su condición de copia, funcionaban sin embargo como puertas de acceso al estudio y a la admiración. Eran fragmentos de historia del arte al alcance de la mano.
Fue precisamente en ese entorno donde, movido por la curiosidad y el deseo de medirse con los grandes, el joven artista pidió permiso a su madre para tomar prestada una de aquellas reproducciones. Eligió El quitasol de Francisco de Goya y Lucientes, atraído por la frescura de la escena y la delicadeza de su atmósfera. No se trataba solo de copiar, sino de comprender; no de imitar, sino de aprender a mirar.
Así nació su propia versión al óleo: un ejercicio juvenil que, más allá de su resultado técnico, constituyó un acto de diálogo íntimo con la tradición pictórica. En aquella tentativa temprana ya latía una inquietud esencial: la necesidad de atravesar la imagen para descubrir qué la sostiene. Esa experiencia, aparentemente sencilla, fue uno de los primeros pasos de un camino que con el tiempo buscaría no reproducir la realidad, sino interpretarla y transformarla.