Argumentation et fondement raisonné de l'origine de l'œuvre :
Hubo un momento en el que comprendí que el arte y el mundo artístico eran cosas completamente distintas.
Aquello fue devastador.
Porque mucho antes de descubrir la existencia de galerías, instituciones, convocatorias o mercados, existieron unos pocos hombres capaces de alterar silenciosamente el rumbo de mi vida. Pintores, escritores, músicos, pensadores… seres humanos que lograron algo extraordinario: hacerme comprender desde muy joven que la existencia podía contener profundidad, belleza y significado. Ellos tuvieron la culpa. La maravillosa y terrible culpa de haber convertido la creación en una necesidad permanente dentro de mí. Desde entonces, el arte dejó de ser una disciplina. Se convirtió en una forma de conciencia. Crear significaba respirar, pensar, resistir, existir.
Durante años creí que la creación era uno de los actos más elevados del ser humano. Una necesidad casi biológica capaz de justificar la existencia por sí sola. Y sin embargo, cuanto más me aproximaba al entorno que supuestamente debía albergar esa necesidad humana, más percibía una maquinaria fría, perfectamente estructurada para metabolizar la ilusión colectiva de miles de artistas. Comprendí entonces que el sistema no se sostenía únicamente sobre el arte. Se sostenía sobre la esperanza del artista. Sobre su necesidad de ser visto, de ser legitimado, de sentir que todo el tiempo entregado a su obra podría algún día adquirir sentido dentro de la estructura cultural.
Pero el acceso a esa estructura rara vez depende exclusivamente del mérito. Existen capas invisibles: intereses, relaciones, estrategias, instituciones, mecenazgos, apariencias, narrativas de conveniencia. El creador entra creyendo que compite por valor. Con el tiempo descubre que muchas veces compite simplemente por visibilidad dentro de un ecosistema diseñado para rentabilizar su necesidad de reconocimiento. Y ahí comienza la fractura. Porque el artista auténtico no desea convertirse en producto, desea encontrar una forma de verdad.
Sin embargo, el sistema necesita convertir toda autenticidad en circulación: en presencia, en marca, en contenido, en inversión, en tendencia, en consumo cultural. La industria cultural no destruye al creador, lo mantiene funcional el tiempo suficiente para metabolizarlo y esa fue quizá la comprensión más dolorosa, descubrir que muchos organismos culturales no viven realmente del arte, sino del flujo constante de artistas que alimentan su estructura económica y simbólica. Convocatorias interminables. Exposiciones vacías. Espacios alquilados disfrazados de oportunidad. Falsas promesas de proyección que desaparecen en el mismo instante en que el creador deja de ser rentable.
Eres visible mientras alimentas el mecanismo. Cuando dejas de hacerlo, desapareces y aun así… A pesar de comprender todo esto, jamás dejé de amar el arte. Esa es la contradicción más cruel de todas. Porque uno puede aprender a odiar profundamente el ecosistema que rodea la creación y, sin embargo, seguir necesitando crear para sobrevivir espiritualmente.
Ahí nace esta obra. No desde la rabia, ni desde el resentimiento, sino desde el agotamiento silencioso de quien siente cómo algo esencial comienza a desconectarse lentamente en su interior mientras el cuerpo continúa funcionando. “Eutanasia Vital” representa precisamente eso: la anestesia progresiva del impulso humano dentro de estructuras artificiales que terminan sustituyendo la sensibilidad por burocracia, la búsqueda interior por validación externa y la necesidad de expresión por supervivencia estratégica.
No temía morir. Temía permanecer artificialmente vivo dentro de un sistema que ya había comenzado a desconectarme de mí mismo y sin embargo, incluso dentro de esa desconexión, permanece algo, una pequeña resistencia, un núcleo todavía humano, una parte imposible de metabolizar por completo. Porque quizá el verdadero arte nunca perteneció realmente al sistema. Quizá siempre nació fuera de él, en ese lugar incómodo donde el ser humano continúa creando aun cuando ya ha perdido la fe en todo lo que rodea a la creación.
“Los valores bajo los que se sustenta nuestra sociedad nacen del materialismo puro. El pragmatismo y los intereses materiales son la única y fundamental ambición en torno a lo cual todo gira. Las imperfecciones en el comportamiento y las pautas del ser humano son la consecuencia extrema de asociar hedonismo y materialismo y esto es lo que analiza esta serie de obras.”