Argumentation et fondement raisonné de l'origine de l'œuvre :
En un tiempo saturado de imágenes, el arte contemporáneo parece haber desarrollado una extraña forma de ceguera selectiva. Nunca se ha producido tanto, nunca se ha expuesto tanto, y sin embargo, rara vez se profundiza en aquello que define con mayor crudeza la realidad de su propio tiempo. La obra artística, en muchos casos, ha dejado de ser un instrumento de interrogación para convertirse en un espacio de evasión cuidadosamente elaborado.
La obra se sitúa precisamente en ese intervalo incómodo: el que separa lo que ocurre de lo que se representa. La obra no habla solo de la pasividad social, sino de una desconexión más sutil y, quizá por ello, más preocupante: la del propio creador frente al contexto que lo rodea.
En este escenario, ciertas tendencias han derivado hacia una simplificación del contenido que resulta tan accesible como inofensiva. La reiteración de iconos reconocibles, la estetización de lo inmediato y la reducción del lenguaje visual a códigos fácilmente consumibles han dado lugar a un tipo de obra que no exige al espectador más que reconocimiento, pero no reflexión. La imagen se convierte así en un objeto cerrado, autosuficiente en su superficie, pero carente de profundidad estructural.
En otros casos, el discurso se desplaza hacia una ingenuidad aparente, donde la forma y el mensaje parecen desligados de cualquier tensión real con el entorno. No se trata de una inocencia genuina, sino de una simplificación que evita el conflicto y, con ello, cualquier posibilidad de incomodidad. El resultado es un arte que, aun revestido de intención, queda desactivado en su capacidad crítica. Pero el arte que no incomoda, que no tensiona, que no cuestiona, termina por convertirse en un objeto decorativo del propio sistema que debería analizar. Y ahí es donde la obra sitúa su punto de ruptura.
Frente a ello, la obra plantea una posición radicalmente distinta: la de quien observa sin participar de esa inercia, consciente de que lo que ocurre fuera del marco no puede seguir siendo ignorado dentro de él. “Verlas venir” no es aquí una actitud pasiva, sino un estado de lucidez incómoda, una forma de estar en el mundo que implica reconocer la deriva sin maquillarla.
El problema no es la existencia de lenguajes accesibles o estéticas populares -que siempre han tenido su lugar dentro de la historia del arte-, sino la renuncia sistemática a dotarlos de una carga conceptual que los trascienda. Cuando la forma sustituye al fondo, cuando el impacto visual reemplaza a la reflexión, el arte deja de ser un espacio de pensamiento para convertirse en un mero ejercicio de presencia.
Desde la perspectiva del Simbiosismo, esta obra no busca oponerse frontalmente a estas corrientes, sino evidenciar sus límites mediante un proceso de metabolización simbólica. La imagen no denuncia de forma explícita: revela, por contraste, la distancia entre lo que se muestra y lo que se omite. En esa tensión es donde aparece el verdadero contenido.
Ésta no es una crítica aislada, sino un posicionamiento. Una toma de conciencia sobre el papel del artista en su tiempo. Porque en el momento en que el artista deja de mirar con honestidad, la obra deja de tener algo que decir.
Y en esa decisión, inevitablemente, también se define el valor de la obra.
“Los valores bajo los que se sustenta nuestra sociedad nacen del materialismo puro. El pragmatismo y los intereses materiales son la única y fundamental ambición en torno a lo cual todo gira. Las imperfecciones en el comportamiento y las pautas del ser humano son la consecuencia extrema de asociar hedonismo y materialismo y esto es lo que analiza esta serie de obras.”