Argumentation et fondement raisonné de l'origine de l'œuvre :
Desde el origen de la civilización, el ser humano ha perseguido una misma aspiración: construir un mundo mejor. Cada época ha imaginado su propia utopía, un lugar donde la injusticia, el sufrimiento y la incertidumbre quedaran definitivamente superados. Esa búsqueda ha adoptado múltiples formas: religiones que prometían un paraíso, sistemas políticos convencidos de alcanzar una sociedad perfecta o avances científicos destinados a liberar al ser humano de sus limitaciones. Todas esas utopías, sin embargo, compartían un mismo principio: pretendían transformar la realidad sin renunciar a ella. El objetivo siempre consistía en mejorar el mundo que habitábamos, nunca en sustituirlo. Pero quizá esa idea esté a punto de desaparecer.
Por primera vez, la humanidad comienza a disponer de la capacidad tecnológica necesaria para construir una realidad alternativa suficientemente compleja como para competir con el mundo físico. Un espacio donde la identidad pueda ser elegida, las relaciones diseñadas, los deseos satisfechos y las frustraciones reducidas hasta límites nunca antes imaginados. No sería una realidad verdadera, pero sí una experiencia capaz de resultar emocionalmente más atractiva que la propia realidad. Es posible que esa sea la primera utopía alcanzable de la historia. No porque logremos perfeccionar el mundo, sino porque habremos aprendido a fabricar otro en el que vivir resulte más agradable.
La felicidad continuará siendo limitada. Ningún ser humano permanece plenamente satisfecho de manera permanente. Nuestra naturaleza seguirá haciendo de la felicidad una experiencia relativa, efímera y cambiante. Sin embargo, un entorno construido específicamente para estimular nuestros deseos podría renovar continuamente esa sensación de bienestar, prolongando la ilusión de plenitud mucho más allá de lo que permite la existencia cotidiana. Pero el verdadero alcance de esta transformación no dependerá de la tecnología, sino de sus consecuencias sobre la propia condición humana.
Hasta ahora, cada generación nacía formando parte de un proyecto común. Ningún individuo podía desarrollarse completamente al margen de la sociedad. Vivir significaba aceptar responsabilidades compartidas, colaborar en la construcción del futuro, afrontar conflictos colectivos y contribuir, de un modo u otro, al mantenimiento de la civilización. Incluso quienes criticaban el sistema seguían formando parte de él, porque sus esfuerzos estaban dirigidos a transformarlo, no a abandonarlo.
Una utopía virtual podría romper por primera vez ese vínculo histórico, si un número creciente de personas encontrara en una realidad artificial todo aquello que da sentido a su existencia —identidad, reconocimiento, afecto, éxito, entretenimiento e incluso una percepción permanente de bienestar—, el mundo real dejaría progresivamente de ser el lugar donde proyectar la propia vida. No sería necesario huir físicamente de la sociedad, bastaría con dejar de necesitarla. Ese sería el auténtico cambio antropológico.
Durante cientos de miles de años, el ser humano evolucionó aprendiendo a adaptarse al medio y a cooperar con otros para sobrevivir. Más tarde aprendió a transformar ese medio mediante la cultura, la ciencia y la tecnología. Sin embargo, nunca había contemplado la posibilidad de sustituir la realidad compartida por otra diseñada exclusivamente para satisfacer las expectativas individuales. La consecuencia más profunda de ese cambio no sería tecnológica, sino civilizatoria.
Una sociedad solo puede existir mientras sus miembros acepten participar en un destino compartido. Cuando una parte significativa de ellos decida trasladar su existencia a un universo alternativo donde ya no sea necesario afrontar los problemas comunes, el propio concepto de comunidad comenzará a desdibujarse. No porque desaparezcan las personas, sino porque desaparecerá su compromiso con el mundo que las vio nacer. La primera gran emigración de la humanidad quizá no sea entre continentes, sino entre realidades. Y entonces comprenderemos que la primera utopía verdaderamente alcanzable no habrá servido para perfeccionar la civilización, sino para abandonarla.
Puede que el mayor desafío de ese futuro no consista en construir una utopía virtual, sino en preservar el sentido mismo de la sociedad. Quienes decidan instalarse de forma permanente en esa nueva realidad seguirán necesitando alimento, energía, cuidados, infraestructuras y todos aquellos recursos que únicamente podrán producir quienes permanezcan comprometidos con el mundo real. La cuestión dejará entonces de ser tecnológica para convertirse en ética y antropológica: ¿puede sostenerse una civilización cuando un número creciente de individuos reclama los beneficios del proyecto común, pero ya no desea participar en su continuidad? Tal vez el verdadero riesgo no sea que el ser humano encuentre otra realidad donde vivir, sino que deje de sentirse responsable de aquella que hizo posible su propia existencia. Ese será, quizá, el auténtico éxodo antropológico.
“Los valores bajo los que se sustenta nuestra sociedad nacen del materialismo puro. El pragmatismo y los intereses materiales son la única y fundamental ambición en torno a lo cual todo gira. Las imperfecciones en el comportamiento y las pautas del ser humano son la consecuencia extrema de asociar hedonismo y materialismo y esto es lo que analiza esta serie de obras.”