Argumentación y fundamento razonado origen de la obra:
Hoy en día el arte se encuentra atrapado en un laberinto de dialéctica autorreferencial, un espacio cerrado en el que el discurso ha terminado por sustituir a la experiencia, y donde la palabra se ha impuesto a la forma, al contenido y, sobre todo, a la verdad creativa. En este escenario sobreviven con comodidad aquellos que aspiraron a ser artistas pero jamás dispusieron de las cualidades, la sensibilidad o la exigencia necesarias para serlo. Incapaces de crear, aprendieron a argumentar; faltos de obra, se refugiaron en el relato.
El arte comenzó a volverse mediocre en el mismo instante en que fue ocupado y administrado por la mediocridad. No por una falta de producción, sino por una carencia profunda de riesgo, honestidad y necesidad interior. A los verdaderos artistas y grandes creadores no se les derrotó frontalmente: se les fue desplazando mediante un sistema que premia la complacencia, la repetición y la obediencia conceptual. El resultado ha sido una amputación silenciosa: se ha extirpado el arte del propio arte.
En su lugar ha surgido un ecosistema donde la dialéctica funciona como anestesia. Todo puede justificarse, todo puede explicarse, todo puede defenderse, incluso aquello que carece de profundidad, de oficio o de sentido. La palabra ha pasado a ser el soporte principal, y la obra un simple pretexto. No se crea para decir algo: se dice algo para justificar que no hay nada que crear.
Sin embargo, la única vía posible para rescatar al arte de esta espiral no es externa ni ingenua. No se trata de negar el sistema, sino de penetrar en él, de entrar en su propio laberinto y utilizar sus mismas herramientas —la dialéctica, el discurso, el análisis— para desenmascararlo. No para perpetuarlo, sino para devolverle su función original: servir a la creación y no sustituirla.
Esto no implica afirmar que todo el arte moderno o contemporáneo sea pobre o vacío. Existen creadores auténticos, obras necesarias y miradas profundas. Pero sí resulta evidente que, en términos generales, muchos de los artistas situados en la cúspide del sistema carecen de aquello que históricamente ha definido al artista: una pulsión creativa genuina, una visión propia y una relación honesta con el tiempo que les ha tocado vivir. De ahí la proliferación de autores sobrevalorados y obras tan fugaces como el discurso que las sostiene.
El problema no es la contemporaneidad del arte, sino su progresiva desconexión de la experiencia humana, de la emoción, del conflicto y de la verdad. Cuando el arte deja de incomodar, de cuestionar y de trascender al propio creador, se convierte en un producto cultural más: elegante, bien explicado y absolutamente prescindible.
“Los valores bajo los que se sustenta nuestra sociedad nacen del materialismo puro. El pragmatismo y los intereses materiales son la única y fundamental ambición en torno a lo cual todo gira. Las imperfecciones en el comportamiento y las pautas del ser humano son la consecuencia extrema de asociar hedonismo y materialismo y esto es lo que analiza esta serie de obras.”