Argumentación y fundamento razonado origen de la obra:
A veces me gusta imaginar que la historia de la humanidad pudo comenzar mucho antes de fabricar la primera herramienta, de dominar el fuego o de levantar la primera ciudad. Me gusta imaginar que todo empezó con algo infinitamente más sencillo. Con una sensación. La sensación de no comprender.
¿Y si el verdadero motor de la evolución intelectual no hubiera sido la inteligencia? ¿Y si todo hubiera comenzado mucho antes, cuando el instinto dio un pequeño paso más allá de sí mismo?
Quizá el primer gran regalo de la naturaleza fue el instinto. Gracias a él, los seres vivos aprendieron a reaccionar de forma inmediata frente al peligro. No hacía falta comprender; bastaba con sobrevivir. Pero la supervivencia nunca fue un estado inmóvil. Con el paso del tiempo, aquel instinto pudo hacerse cada vez más sofisticado. Tal vez comenzó a reconocer patrones, a anticipar riesgos y a intuir acontecimientos antes de que sucedieran. Lo que hoy llamamos “intuición” quizá no fuera otra cosa que un instinto que había aprendido a mirar un poco más lejos.
Y entonces me gusta imaginar que ocurrió algo extraordinario. Que aquel instinto capaz de anticipar terminó, poco a poco, siendo capaz de observarse a sí mismo. Quizá así nació la “conciencia”. No como un milagro repentino, sino como la prolongación natural de millones de años de adaptación. Desde ese instante el ser vivo dejó de limitarse a reaccionar frente al mundo y comenzó a situarse dentro de él. La conciencia ya no solo permitía percibir el peligro, permitía comprender la propia existencia en medio de las circunstancias y le otorgó la facilidad para planificar. Y fue precisamente ahí donde pudo producirse el mayor cambio de toda nuestra historia. Porque una conciencia que observa y se prepara, termina descubriendo algo inevitable, que ignora y reconocer la ignorancia equivale a abrir la puerta a la primera pregunta.
Tal vez ese fue el verdadero nacimiento de la humanidad. No el momento en que encontramos una respuesta, sino el instante en que alguien fue capaz de decir, por primera vez: «No lo sé.»
Todo lo demás quizá vino después. Durante miles de años los dioses no solo explicaron el origen del mundo, también explicaron el miedo y tras ello llegó algo fundamental: “las respuestas compartidas, el conocimiento acumulado, la inteligencia, la ciencia y la cultura” fruto de la necesidad de organizarse en comuniades permitiendo compartir experiencias y evitando que cada generación tuviera que comenzar de nuevo desde la misma ignorancia, lo que se convirtió en el patrimonio colectivo. Todo ello supuso el desarrollo de una inteligencia cada vez más compleja.
La evolución intelectual habría seguido entonces un recorrido muy distinto al que solemos imaginar.
Primero apareció el instinto
Tras ello la intuición
Luego la conciencia.
Después el descubrimiento de la ignorancia.
Más tarde el miedo.
El miedo dio lugar a las preguntas.
Las preguntas generaron los mitos y dioses.
Los mitos ofrecieron las primeras respuestas.
Las respuestas compartidas construyeron el conocimiento.
Y el conocimiento hizo posible una inteligencia capaz de formular preguntas todavía mejores.
Quizá esa sea la verdadera espiral de la evolución humana y si esta forma de imaginar nuestra evolución tuviera algo de cierto, entonces la historia del ser humano no sería únicamente la historia de un cerebro cada vez más desarrollado. Sería la historia de una conciencia que aprendió a convivir con su ignorancia y convirtió esa limitación en el mayor impulso para comprender el universo.
“Los valores bajo los que se sustenta nuestra sociedad nacen del materialismo puro. El pragmatismo y los intereses materiales son la única y fundamental ambición en torno a lo cual todo gira. Las imperfecciones en el comportamiento y las pautas del ser humano son la consecuencia extrema de asociar hedonismo y materialismo y esto es lo que analiza esta serie de obras.”