Argumentación y fundamento razonado origen de la obra:
La historia de la vida sobre la Tierra no ha llegado hasta nosotros únicamente a través de huesos petrificados o restos orgánicos mineralizados. En muchos casos, lo que permanece no es el cuerpo, sino el gesto.
Las icnitas —huellas fosilizadas de organismos prehistóricos— constituyen uno de los testimonios más extraordinarios de la paleontología moderna. A diferencia del fósil anatómico, que nos revela la estructura física de un ser extinguido, la icnita nos muestra algo más dinámico y profundamente evocador: su movimiento.
Cada huella es un acto detenido en el tiempo. Un apoyo sobre barro húmedo hace millones de años. Una presión efímera sobre sedimento blando. Un tránsito casual convertido, por azar geológico, en memoria mineral.
Durante siglos, el estudio de los dinosaurios estuvo ligado principalmente al hallazgo de restos óseos. Sin embargo, la ciencia comprendió pronto que las huellas fósiles ofrecían una dimensión distinta y complementaria: permitían reconstruir comportamientos. Gracias al análisis icnológico, hoy sabemos aspectos que los huesos por sí solos jamás podrían revelar con la misma precisión: modos de desplazamiento, velocidad, peso aproximado, comportamiento gregario, rutas migratorias e incluso posibles escenas de caza o huida.
La huella no describe al animal. Describe su presencia. Y en ello reside su valor. El mundo que habitaron aquellos grandes reptiles era radicalmente distinto al nuestro. Continentes aún fragmentándose, atmósferas con composiciones diferentes, temperaturas extremas, ecosistemas densos y violentos donde la vida se abría paso en equilibrio permanente con la extinción.
Bosques primitivos, llanuras fangosas, deltas inmensos y costas interiores fueron escenarios de una biodiversidad hoy inconcebible. Y, sin embargo, algo de aquel mundo sigue aquí. No sus rugidos. No su carne. No su mirada. Sus pasos.
La historia de la paleontología ha sido, en gran medida, una historia de interpretación. Descifrar una huella implica leer un lenguaje sin alfabeto, reconstruir una acción sin testigos y levantar mundos enteros a partir de una simple depresión sobre roca. Es uno de los mayores logros de la ciencia: devolver narrativa a lo fragmentario.
La serie “Icnitas. Policromía I, II y III”, se apropia de esa lógica de reconstrucción, pero desplaza su lenguaje hacia el terreno plástico. Allí donde el yacimiento arqueológico suele mostrarse en la austeridad mineral de la piedra —grises, ocres y tierras apagadas— esta obra introduce una alteración deliberada: la policromía.
El color actúa aquí como hipótesis sensible. No pretende corregir la realidad fósil, sino expandirla. Porque toda reconstrucción del pasado implica una intervención contemporánea: la ciencia lo hace con tecnología, modelos y cálculos; el arte lo hace con percepción, intuición y símbolo. Estas piezas no representan fósiles. Representan la posibilidad de volver a mirar la huella como un acontecimiento vivo. En ellas, la piedra deja de ser solo registro geológico para convertirse en superficie de resonancia temporal, donde pasado y presente entran en simbiosis. Quizá esa sea la verdadera fascinación por los dinosaurios: que cuanto más desaparecidos están, más presentes siguen en nuestra imaginación. Y que, a veces, basta una huella para recordar que toda existencia, por gigantesca que haya sido, termina reducida a la marca que deja sobre el mundo.
"”Ciencia y Tecnología” es parte del título de una serie secuencial de obras que hacen referencia a aquellos logros y descubrimientos científicos o tecnológicos que le han permitido al ser humano obtener un salto cualitativo y cuantitativo en su desarrollo.”