Argumentación y fundamento razonado origen de la obra:
Resulta difícil imaginar que una obra inspirada en “Nenúfares y ramas de sauce” de Claude Monet pueda comenzar frente a un conglomerado de nubes fotografiadas en “Sri Lanka”. Sin embargo, ahí reside precisamente el fundamento de esta pieza. No porque exista semejanza alguna entre ambos escenarios, sino porque el verdadero proceso creativo nunca depende exclusivamente de aquello que vemos, sino de aquello que somos capaces de transformar.
La Historia del Arte ha explicado tradicionalmente la evolución de la pintura como una sucesión de rupturas. Cada movimiento parecía necesitar distanciarse del anterior para justificar su existencia. Pero quizá exista otra posibilidad: que el arte evolucione no destruyendo su pasado, sino metabolizándolo. Esta obra nace de esa convicción. Su propósito no consiste en reinterpretar “Nenúfares y ramas de sauce”, ni en actualizar a Monet, ni mucho menos en competir con una de las grandes obras de la pintura occidental. Su intención es mucho más íntima y, al mismo tiempo, más ambiciosa: materializar la transformación que aquella obra produjo en la conciencia de otro artista.
Con el paso del tiempo, la memoria nunca conserva una imagen intacta. Conserva vibraciones, relaciones cromáticas, ritmos visuales y emociones. El recuerdo elimina información, reorganiza prioridades y termina construyendo una realidad distinta de aquella que contemplaron los ojos. Es esa realidad interior la que aquí se convierte en materia artística. Los azules, los verdes, las transparencias y la atmósfera permanecen. La representación desaparece. En su lugar emerge un nuevo lenguaje construido mediante la metabolización simbólica de una experiencia estética.
La paradoja se hace entonces evidente. El punto de partida material de la obra no pertenece al universo de Monet. Es una fotografía de un paisaje realizada en Sri Lanka. Sin embargo, el proceso creativo conduce lentamente esa realidad inicial hasta hacer emerger una memoria cromática capaz de dialogar con el impresionismo sin reproducirlo jamás. La creación deja así de depender del objeto representado para depender de la inteligencia que sabe conducir una realidad hacia otra completamente distinta.
Esta es, quizá, una de las formas más profundas de entender la evolución del arte. No consiste necesariamente en abandonar aquello que conocemos, sino en comprenderlo hasta el punto de transformarlo en un nuevo lenguaje. Las grandes obras no sobreviven porque sean copiadas, sino porque continúan modificando la conciencia de quienes las contemplan. Cuando esa modificación interior consigue convertirse en una obra nueva, ya no pertenece únicamente al artista que inspiró el proceso, ni exclusivamente al artista que la materializa. Pertenece al espacio simbiótico donde ambas conciencias se encuentran y generan una realidad que antes no existía.
Por ello, esta obra no pretende ocupar el lugar de Monet. Tampoco necesita hacerlo. Monet permanece en la Historia del Arte. Esta obra pertenece a otra historia: la de una conciencia contemporánea que, tras metabolizar aquella experiencia, ha sido capaz de conducirla hacia una identidad propia. Porque el mayor homenaje que puede recibir un artista no consiste en ser imitado, sino en convertirse en el origen invisible de nuevas formas de pensar, de sentir y de crear.
"Los grandes maestros crearon nuevos lenguajes artísticos no para ser imitados, sino para ampliar el vocabulario del arte. El Simbiosismo no pretende hablar el lenguaje de los grandes maestros; pretende demostrar que el mejor modo de honrarlos es ampliar, una vez más, el vocabulario del arte."
“Sine Qua Non”, expresión latina que significa “sin la cual no”, da título a una serie de trabajos de inspiración clásica que reinterpreta obras de grandes artistas cuya influencia ha sido determinante en la formación y evolución del autor. Como sugiere el título, estas referencias constituyen condición indispensable y fundamento estructural en la historia del arte. La serie no persigue la copia ni el símil literal de las obras originales —ni siquiera en su totalidad— sino de una lectura renovada: una síntesis abstracta adaptada a la sensibilidad y a los planteamientos estéticos contemporáneos, que dialoga con el legado sin quedar subordinada a él.