Argumentación y fundamento razonado origen de la obra:
Durante siglos, el arte estuvo reservado a unos pocos: reyes, mecenas, órdenes religiosas y académicos que determinaban qué era valioso y qué no. Esta concentración de poder artístico no era necesariamente un capricho elitista, sino un mecanismo de exigencia. Solo aquellos con talento, disciplina y capacidad de innovar podían sobrevivir y destacar. La presión era alta, los estándares eran rigurosos y la competencia, feroz. La creación artística, en ese contexto, era un acto de excelencia forzada: el artista debía superar no solo su propia técnica, sino también la mirada crítica de quienes entendían el arte como un instrumento de expresión profunda y perdurable.
Hoy, la situación ha cambiado radicalmente. La democratización del arte, alentada por la tecnología, las redes sociales y la cultura del “todos pueden crear”, ha eliminado buena parte de esos filtros. Ahora cualquiera puede presentarse como artista, y la visibilidad, la influencia y la capacidad de generar seguidores a menudo pesan más que la calidad técnica o conceptual. Esto no significa que el arte contemporáneo carezca de valor, pero sí que la mediocridad tiene un camino mucho más sencillo hacia la notoriedad. Lo que antes se resolvía mediante años de estudio y práctica ahora puede lograrse con una buena estrategia de autopromoción.
Resulta curioso observar cómo un fenómeno que se celebra como progreso —la apertura del arte— también trae consigo un descenso en la exigencia. En lugar de que la competencia eleve los estándares, la facilidad de acceso los diluye. La calidad deja de ser un criterio absoluto y se convierte en relativo: lo que importa es la capacidad de resonar, de llamar la atención y de mantenerse visible en un mercado saturado.
Desde un punto de vista filosófico, esto recuerda a la advertencia de Platón sobre la política: solo los más sabios deberían tomar decisiones cruciales. La historia demuestra que la mayoría de los errores humanos provienen de la ignorancia colectiva o la falta de preparación. ¿Podemos extrapolar este principio al arte? ¿Acaso la democratización extrema ha convertido el arte en un espacio donde la mediocridad se permite y, a veces, se premia?
Y, sin embargo, la apertura también tiene su valor: más personas pueden expresarse, experimentar y explorar, lo que genera diversidad y rompe monopolios estéticos. La pregunta que queda flotando es inquietante y necesaria: ¿nos conviene más la democratización del arte, con todo lo que conlleva de accesibilidad y mediocridad, o deberíamos replantearnos la importancia de la capacitación, la exigencia y el criterio en la creación artística?
“Los valores bajo los que se sustenta nuestra sociedad nacen del materialismo puro. El pragmatismo y los intereses materiales son la única y fundamental ambición en torno a lo cual todo gira. Las imperfecciones en el comportamiento y las pautas del ser humano son la consecuencia extrema de asociar hedonismo y materialismo y esto es lo que analiza esta serie de obras.”