Argumentación y fundamento razonado origen de la obra:
Vivimos en una época en la que la apariencia ha dejado de ser el envoltorio de las cosas para convertirse, en demasiadas ocasiones, en la cosa misma. Nunca habíamos dispuesto de tantos medios para mostrar quiénes somos y, paradójicamente, quizá nunca hayamos estado tan preocupados por ocultar quiénes somos realmente. Hemos construido una sociedad extraordinariamente sofisticada en la fabricación de imágenes, pero sorprendentemente descuidada en la construcción de aquello que esas imágenes deberían representar. Somos la cultura del envase.
Nos importa cómo aparecemos, cómo nos presentamos, qué impresión producimos y qué lugar ocupamos ante los demás. La imagen pública se ha convertido en una especie de patrimonio personal que debemos cuidar, ampliar y, si es necesario, fabricar. Ya no supone gran importancia tener méritos, hay que exhibirlos aún cuando no existan, pues siempre queda la posibilidad de construir una apariencia que los sustituya. El problema comienza cuando el envase empieza a remplazar al contenido.
Una persona puede dedicar años a formarse, adquirir conocimientos, desarrollar una profesión y demostrar con hechos aquello que sabe hacer. Pero comienza a ser rentable optar por el camino inverso: construir primero la apariencia de competencia, importancia o prestigio y confiar en que nadie se detenga demasiado tiempo a comprobar qué hay detrás. Y lo sorprendente es que nuestra sociedad parece haber desarrollado una tolerancia creciente hacia esa sustitución. Hemos aprendido a aceptar currículums adornados, méritos magnificados, cargos grandilocuentes, títulos utilizados como ornamento y trayectorias cuidadosamente maquilladas. Incluso hemos llegado a considerar normal que alguien invierta tiempo, dinero y esfuerzo en mejorar su imagen pública antes que en mejorar aquello que esa imagen debería representar. Es como si hubiéramos decidido que resulta más rentable parecer importante que llegar a serlo.
La paradoja es enorme porque la verdadera importancia no necesita demasiada publicidad. El conocimiento se demuestra cuando se utiliza. La capacidad se revela cuando hay que resolver un problema. La honestidad aparece cuando nadie está mirando. La dignidad profesional se sostiene cuando desaparecen los focos. Y el verdadero mérito permanece incluso cuando nadie lo anuncia. Pero el envase funciona de otra manera. El envase necesita ser visible. Necesita colores, etiquetas, certificados, reconocimientos, fotografías, cargos, seguidores, referencias, títulos y cualquier otro elemento capaz de producir en los demás una determinada impresión y hoy eso resulta más eficaz. No importa tanto aquello que contiene como la capacidad que tenga de convencer a quien lo observa de que contiene algo valioso. Hemos convertido la percepción ajena en una medida de nuestro propio valor, ya no importa el ser, tenemos que aparentar ser. En realidad no mostramos nuestra vida sino la que los demás creen que tenemos.
Resulta más rápido modificar una etiqueta que modificar aquello que contiene el recipiente, asistimos a una inflación de la identidad. Cuando el prestigio pesa más que el conocimiento, el reconocimiento puede convertirse en un sustituto del mérito. Cuando la imagen pública importa más que la conducta privada, la reputación puede llegar a funcionar como una especie de blindaje, es entonces cuando aparece una sociedad en la que la tarjeta de presentación termina siendo más importante que la persona que la sostiene. Hemos perfeccionado el escaparate, pero ahora queda preguntarse qué queda dentro de la tienda.
“Los valores bajo los que se sustenta nuestra sociedad nacen del materialismo puro. El pragmatismo y los intereses materiales son la única y fundamental ambición en torno a lo cual todo gira. Las imperfecciones en el comportamiento y las pautas del ser humano son la consecuencia extrema de asociar hedonismo y materialismo y esto es lo que analiza esta serie de obras.”