Argumentation and reasoned foundation of the work:
Cierta idea surgió como surgen las convicciones más peligrosas: con la certeza de estar destinada a perdurar. No era solo una intuición, sino una construcción deliberada, un intento de ordenar el caos y traducirlo en un lenguaje nuevo, propio, aparentemente necesario. Durante un largo tiempo, todo pareció encajar; cada argumento reforzaba al anterior, cada formulación añadía una capa más a su legitimidad, como si el pensamiento, acumulado con rigor, pudiera garantizar su existencia en el mundo real. Era sin duda el motivo, quizás la exposición necesaria de una manera de ver o de capturar la vida para explicar el entorno de alguien que necesitava entender su propio ecosistema. Pero en ese mismo proceso comenzó también su desgaste invisible.
La idea no encontró justificación fuera del entorno de su creador, no supo entenderse o no pudo o supo expresarse de una manera convincente para llegar a ser comprendida fuera de sí mismo y en un momento dado empezó a crecer hacia dentro, a exigirse cada vez más precisión, más coherencia, más explicación. Y cuanto más se explicaba, menos respiraba. Se volvió densa, casi impenetrable, sostenida por una estructura que ya no servía para comunicar, sino para justificarse a sí misma. Había en ella una ambición desmedida por ser comprendida en toda su extensión, sin asumir que toda forma viva necesita zonas de silencio, espacios donde no todo esté dicho.
Así, sin un instante concreto que marcara su final, comenzó a desvanecerse y a desaparecer. No hubo ruptura ni fracaso evidente, sino una lenta disolución, un agotamiento progresivo de su capacidad para afectar, para trascender el plano del discurso y materializarse en experiencia. Lo que en su origen fue impulso, terminó convertido en peso; lo que aspiraba a ser lenguaje, quedó reducido a un sistema cerrado, incapaz de salir de sí mismo.
Y en ese encierro, la idea terminó por consumirse. No fue derrotada desde fuera, ni rechazada por falta de interés. Fue, más bien, una implosión silenciosa: el colapso inevitable de todo aquello que se construye sin dejar espacio para ser habitado.
Quizá, en algún momento, algo de ella vuelva a emerger. No como aquella estructura compleja que pretendía abarcarlo todo, ni como un discurso que aspiraba a imponerse, sino como una forma más ligera, más accesible, incluso más superficial si se quiere. Una forma que ya no necesite sostenerse en grandes argumentos ni en estrategias densas, sino que acepte su propia limitación y encuentre en ella su sentido.
Y entonces, tal vez, lo que un día quiso transformar la mirada termine conformándose con algo mucho más simple y, paradójicamente, más duradero: decorar. Puede que éste sea el destino de el “Arte en Simbiosis” una simple y mera anécdota carente de valor para comunicar, o puede que en algún momento dado se retome de su silencio adormecido y se alimente de sus cenizas para revivir con más fuerza, pero hoy por hoy es mero diálogo de alguien que no ha encontrado jamás mejor manera para manifestarse que con su experiencia, la metamorfosis y su conciencia.
“Quietud y Flema” es parte del título de una serie secuencial de obras que son una pretendida apuesta por romper con el global de la obra de este autor, en su conjunto dinámica, incesante y de una agitación extrema, tal y como no podía ser de otra manera tratándose de un fiel reflejo del imperante modo de vida en el que se desenvuelve. Un remanso de paz en el que parece reconciliarse con el resto de la humanidad."